Fuente: EL UNIVERSAL

Fernando Canelón llegó a Caricuao en 1972, cuando la zona formaba parte de la parroquia Antímano.

Fue uno de los primeros habitantes de la urbanización Juan XXIII, una obra social del cardenal José Humberto Quintero de noventa viviendas que el 29 de septiembre de 1982 casi fueron borradas del mapa por un deslave.

-¿Fue muy difícil que les asignaran otra vivienda?

-Fue un camino largo y tortuoso, sí, y muchos no aguantaron. Fueron meses de presión vecinal, de peleas con Luis Herrera Campíns, pero finalmente a mí y a otros que soportamos ese martirio nos dieron una casa en la UD2.

-¿Cómo recuerda al Caricuao de entonces?

-Como un lugar tranquilo y silencioso, casi bucólico.

-¿Cuándo sintió que las cosas empezaron a empeorar en la parroquia?

-Se pobló muy rápidamente, y eso siempre trae cambios. Pero fue hace relativamente poco cuando en mí se disparó la alarma, hacia 2006.

-¿Por qué?

-Porque fue entonces que empezaron las invasiones, que hoy son el principal dolor de cabeza. En los alrededores de la iglesia San Martín de Porres (UD2), en el bosque Chuquisaca (UV9 de Ruiz Pineda), en toda la avenida principal (frente a la escuela de suboficiales de la GN), las que vienen de La Vega. Hoy parece una parroquia sitiada.